Cinco razones para adorar el cine de Paolo Sorrentino

Existe una escena en Las consecuencias del amor (2004) que deja ver de manera límpida y directa como el rayo el alma romántica de su director: el protagonista, una especie de muerto viviente encarnado por Toni Servillo, cuya actividad más interesante es escuchar las conversaciones de sus vecinos a través de un fonendo, se sobrecoge al escuchar el nombre de su mejor amigo de la infancia: Dino Giuffré. Su interlocutor, sorprendido por su reacción, le recrimina que hace 20 años que no le ve: ¿cómo puede considerarse aún su mejor amigo? Titta di Girolamo, el protagonista, replica cortante: “Pues lo es. Es mi mejor amigo y basta.”  En otra secuencia del film, vemos a Giuffrè trabajando en lo alto de un poste de la luz. De repente, olvida sus quehaceres y mirando a cámara “Pensa che io, Titta di Girolamo, sono il suo migliore amico”. Este reflexivo fragmento perteneciente a la segunda película del creador italiano nos anticipa de alguna manera su intención soñadora,  generosa, también un tanto desconcertante, que iremos viendo a lo largo de su filmografía. ¿Por qué debemos adorar a Paolo Sorrentino?

 1. La gran belleza, su obra maestra

El mundo entero se hizo eco de Sorrentino, que dejó de formar parte únicamente de las charlas de los más cinéfilos, con la llegada de La gran belleza (2013), film que resultaría vencedor del Óscar a mejor película extranjera aunque no consiguiera alzarse como mejor largo en los David di Donatello (el galardón fue para El capital humano, de Paolo Virzi). Qué más dio.

Siempre con la ya cana y pesada sombra de La dolce vita (1960), de Federico Fellini, planeando sobre su esqueleto, La gran belleza apareció como un artefacto bordado con imágenes fascinantes que cuentan con la ciudad de Roma como principal musa, el ente bello que habita en todas las escenas y que, pese a su carácter reposado de vieja dama, consigue que la inquieta cámara revolotee alrededor de ella cual enamorada. Incluyendo también una de las mejores escenas festivas de la historia del cine, rápida y desenfrenada (¿quizás para que nadie se pare a pensar en lo burdo que resulta todo aquello?), la película es una exuberante delicia para los sentidos y la memoria cuyas secuencias y diálogos, la mayoría de ellos dichos a través de Jep Gambardella (Servillo), el noctámbulo co-protagonista de esta cinta, dan para un estudio a parte. Verdaderamente, durante dos horas, en el film más aclamado hasta el momento del director italiano, uno se topa de bruces contra la gran belleza, que él describe como “(…) barroca, solemne y compleja”.

2. Una estética intencionada llena de simbolismos

Ya desde sus inicios, aunque de manera más vistosa después de El amigo de familia (2006), su último film “modesto” antes de sucumbir a la historia de la política italiana con Il divo (2008),  Sorrentino dedica especial atención a la personalización y significado de sus imágenes. Atención que se aprecia en su gusto por la simbología que, como en una poesía, sirve para ser libremente interpretada por el espectador. En su primer film, El hombre de más (2001), la escena de un buzo siendo atacado por un pulpo nos invade solo para después saber que resultaba la muerte del hermano del protagonista. En Un lugar para quedarse (2011), su quinta y algo errática cinta protagonizada por Sean Penn, este se embelesa ante lo que parece un hermoso buey mientras persigue al nazi que atormentó a su padre durante la Segunda Guerra Mundial, justo como Jep al encontrarse decenas de flamencos en su balcón o como nuestros ojos ante la pobre oveja que muere congelada en el salón de la impresionante villa de Berlusconi en Cerdeña de Silvio (y los otros) (2018).

El hechizo que irradian las mujeres hermosas, el imaginario católico -sobre todo las monjas-, la búsqueda de la simetría en ciertos planos de La juventud (2015) o The young pope (2016), los rápidos movimientos de cámara antes de levantarse hacia el cielo y la intención de crear encuadres pictóricos que ensalzan la fotografía son otros de los atributos estéticos que se le pueden achacar al director italiano, un artista de gran elegancia formal “(…) escondida bajo el bla, bla, bla.

3. Toni Servillo, el actor fetiche

Toni Servillo (Afragola, 1959) es un intérprete de rasgos mundanos, nada excepcionales, y característicos: nariz bulbosa, surcos en la cara, calvicie perennemente incipiente… Lo que no ha evitado que este supiera renacer, como una nueva persona, en cada uno de los papeles que Sorrentino ha tenido para él: 5 en total. Siempre dentro de unos personajes dispares y con una gran personalidad, nada de vacuidades, el actor ganador de 4 premios David di Donatello ha encarnado la elegancia en Jep Gambardella (La gran belleza), el exceso en el Silvio Berlusconi de Silvio (y los otros), la sequedad en Titta di Girolamo (Las consecuencias del amor), el carisma y el abandono de Tony Pisapia (El hombre de más)  y ha rozado el vampirismo de Murnau siendo Giulio Andreotti en Il divo.

Servillo es de aquellos intérpretes que consiguen dejar atrás su persona en todas sus colaboraciones, una ave de paso camaleónica cuyo plumaje desconcierta siendo gris o esplendoroso, bailando una conga, preparando una lubina al horno o traficando con dinero de la mafia. Un espectáculo teatral cuyas nuevas voces (depende del papel) siempre consiguen aparcar sus anteriores apariciones en un lugar de la memoria, pero nunca olvidarlas.

4. La banalidad al servicio de la mística

En casi todos los guiones de Sorrentino encontramos algún resquicio sabio que consigue colocar en la conciencia reflexiones a priori insignificantes pero de importancia vital que dejan un poso pensativo en el espectador. Pensamos, por ejemplo, en la mala suerte del co-protagonista de El hombre de más, un ex jugador de fútbol cuyo sueño irrealizable es ser entrenador de fútbol. El director de su ex club, harto de sus insistencias, le dice: “El fútbol es un juego y tú, Antonio, eres un hombre triste.

El director de La juventud no se ha visto inmerso aún en ninguna producción que no haya escrito o co-escrito. Esta sana costumbre suma, junto a la característica estética, para que no nos sorprenda ver a Gambardella queriendo escribir sobre la nada o al avaro protagonista de El amigo de familia, interpretado por el veterano Giacomo Rizzo, dejando atrás sus métodos usureros porque el amor se ha presentado ante él por primera vez en su despreciable vida -aunque siga llevando una banda con trozos de patata para mitigar sus migrañas, quizás el castigo por todos sus pecados-.

5. Las bandas sonoras: del pachangueo a la música clásica

Cómo olvidar la combinación de hits discotequeros y sinfonías para orquesta que ambientaban La gran belleza, desde la escena inicial en la que un coro baña la visita de unos turistas japoneses a la Fontana dell’ acqua Paola con su canto hasta pasar por la fiesta en honor a los 65 años de Jep en la que suena Raffaella Carrà, o la banda sonora a cargo del polivalente David Byrne que acompañaba, en Un lugar para quedarse, a un Sean Penn que se arrastraba por los rincones. A destacar también la música de Il divo, por la que el compositor italiano Teho Teardo se alzó con un Donatello en 2009 o absolutamente todas las canciones (totalmente heterogéneas) de La juventud, film que consiguió una nominación a los Globos de Oro por la canción Simple song #3, de David Lang.

Las melodías son una nueva muestra del nivel detallista y de preocupación por la estética, si consideramos a la música como un puente entre la narración y la estética, de este cineasta-poeta.

Uno de los grandes placeres del cine es el momento en el que descubres esa película fantástica de un/a director/a que aún no conocías. Repasar su filmografía en busca de nuevos tesoros significa poder ser sorprendido, estar a punto de abrir un esperado regalo, releer el diario que dejamos a medio escribir siendo adolescentes. La filmografía de Sorrentino es un camino complejo, con paradas extremadamente enriquecedoras y otras más modestas a pesar del alto nivel que demanda el haber sido merecedor de un premio de la Academia, pero ahondar en él es casi siempre una experiencia valiosa.

Claudia Guillén
Acerca de Claudia Guillén 25 Articles
Graduada en Publicidad y Relaciones Públicas por la Universidad Pompeu Fabra y Máster en Film Business por la ESCAC. También cursé Historia de Cine y Crítica cinematográfica en La Casa del Cine. Después de pasar por algunas agencias de comunicación y adquirir experiencia en el sector de la distribución de cine, trabajo en una plataforma digital (ojalá que la fuerza cinéfila me acompañe durante mucho tiempo). En mis ratos libres leo con bastante avidez, hago mercadillos de segunda mano y busco películas españolas curiosas por los Encantes de Barcelona.

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