‘Stockholm’, 10 años de la ópera prima de Rodrigo Sorogoyen

En abril de 2023 se cumplió una década del estreno de Stockholm (2013), la primera película del cineasta madrileño Rodrigo Sorogoyen que coescribió junto a su partner in crime Isabel Peña, coautora de todos sus largometrajes. La obra, que se financió a través de micromecenazgo y costó la menuda cifra de 65.000€ (nadie del equipo cobró en un primer momento), fue nominada a tres Goyas (mejor dirección novel, mejor actriz protagonista y mejor actor revelación; llevándose este último galardón Javier Pereira) y ganó el Feroz a la mejor película dramática, además de triunfar en el festival de Málaga. 

La historia aborda el mítico “chico conoce chica” en un guion donde la insistencia abusiva, en un primer momento de él, pero después de ella, consigue poner de manifiesto un interesante juego de manipulación. Si bien el film no ha cambiado en estos diez años, claro, nuestra percepción de la historia y nuestra educación en relación al género y a la manera de tratar ciertos temas sensibles sí. Desgranamos qué sucede en la película y con qué ánimos se ideó y se percibe ahora, 10 años después.

Comportamientos que se consideraban normales, como el mansplaining, han empezado a ser cuestionados y denunciados

Hace ya unos años, no demasiados, que una nueva conciencia feminista ha arraigado en gran parte de la sociedad. Movimientos internacionales como el Me too, surgido en 2017 a raíz de las denuncias por acoso y agresión sexual al productor estadounidense Harvey Weinstein, o la gran indignación causada en 2016 tras el caso de La Manada en España hicieron reflexionar acerca de la realidad y de las diferencias conductuales entre hombres y mujeres, en las cuales este segundo grupo es el claro menospreciado y perjudicado. El reciente revuelo tras el beso no consentido que el presidente de la Federación Española de Futbol plantó a la flamante campeona del mundo Jennifer Hermoso es solo otro ejemplo. Comportamientos que hasta hace poco eran considerados normales o que no se ponían en entredicho (el mansplaining, la incomodidad de los piropos, las “manos largas” o la falta de empatía sexual) empezaron a ser cuestionados y denunciados. Hoy, menos de una década después, y a falta de mucho camino aún por abordar, podemos decir que la mirada de varias generaciones es otra, y que es mucho más crítica y consciente.

En un coloquio celebrado en los Cines Embajadores de Madrid a razón de un ciclo sobre películas rodadas en la capital española, Sorogoyen, invitado por Stockholm, comentaba que es consciente de que la película podría haber envejecido mal y que hay decisiones que, de rodar ahora, cambiaría. También confesó que, tras decirle a Isabel Peña que iba a participar en una charla sobre el film, esta le había deseado suerte. Ante estas declaraciones, es fácil predisponerse a que un segundo visionado de la obra diez años después podría no ser tan resultón como el primero, el cual, con bastante seguridad, dejó impresionados a la gran mayoría de los espectadores; y más teniendo en cuenta en qué condiciones se filmó. Ya desde su primera película, en la que el director confiesa que “estaba aprendiendo a hacer cine”, está muy presente el uso de la tensión narrativa y la división de la historia en actos contrastados. Sorogoyen aprendiendo a ser Sorogoyen.

Estás tan acostumbrado a que todo te salga como tú quieres que cuando algo se tuerce te conviertes en un auténtico imbécil.” – Stockholm

Javier Pereira, el protagonista sin nombre, conoce a una chica triste, Aura Garrido, también sin nombre, en una fiesta y, según le repite hasta el hartazgo, se enamora perdidamente de ella. En un contexto nocturno, claro. Ella, sin embargo, se muestra esquiva y reticente: no quiere compañía, no quiere oír su discurso y no quiere pasar la noche con él. No obstante, la insistencia del chico y el ambiente ameno que consiguen crear a través de la charla y el flirteo arrastra a la chica hasta la portería de él. Y suben a su casa. Ella duda, pero acepta una última copa que él le sirve con premura. Parece que todo va bien y parece que él obtendrá lo que quiere. Pero un beso robado pone en alerta a la chica, quien huye hacia las escaleras decidida a no volver. A pesar de su tentativa de escape, la llegada de él en el ascensor en el mismo momento en el que ella alcanza la portería tras una carrera por las escaleras se convierte en una especie de coreografía clásica en la que ambos acaban besándose apasionadamente. La víctima ha caído en la trampa. ¿La víctima ha caído en la trampa?

Al día siguiente, ella amanece en la cama de él. Está feliz, satisfecha. Mira el móvil. Su madre ha llamado varias veces. No hace falta que se preocupe, le escribe la chica. Tampoco hará falta que se tome las pastillas, se dice. Hoy no las necesita. Pero la actitud de él, ya vestido, aseado, ya listo para empezar el nuevo día (sin ella), ha cambiado: es cordial y agradable, pero deja entrever cierto malestar por la presencia de la chica. Quiere que se tome el café, se duche y se marche. No lo verbaliza, pero tiene prisa, quiere estar solo. Debe hacer unos recados. Ah, y prefiere que ella no fume en casa, aunque la noche anterior le facilitó, raudo, un cenicero. Es entonces cuando el personaje de Garrido se da cuenta. Todo fue un juego, una conquista. Él no está enamorado de ella -aunque eso ya lo sabíamos, claro-. Y ahora es ella la que, con cierto dolor causado por la decepción, va a insistir. Ahora es ella la que no quiere irse de su casa. Es entonces cuando los roles, caracterizados por esa insistencia abusiva, se intercambiarán. ¿O es que solo el chico puede insistir e insistir debiendo caer en gracia? Al mismo tiempo, constatamos que la chica tiene problemas de salud mental, que está débil y que lo que acaba de suceder la ha trastocado. Tras una escena clave en la que los protagonistas se hacen tres preguntas (también se las hicieron por la noche, pero la actitud era otra), vemos cómo él, para librarse de ella, intenta convencerla de que lo que le dijo la noche anterior era cierto, que ha sido una velada genial y que quiere volver a verla. Pero ya es muy tarde. En la azotea, la chica decide precipitarse al vacío.

Un espectador consciente ya pudo ver en 2013 que el personaje de Javier Pereira era el de un tipo pesado, un tipo seguro de sí mismo educado en el “nada es imposible”, menos si eres un hombre. Al mismo tiempo, ese público formado también pudo apreciar que la inversión de papeles del segundo acto del film respondía al estado de salud mental del cual adolece la chica, pero que era una interesante vuelta de tuerca. Quizás ahora, en 2023, no haría falta resaltar que ella tiene problemas de salud mental para justificar una conducta “similar” a la del hombre. Tampoco haría falta llegar al suicidio para darnos a entender que el juego del conquistador irritante ha ido demasiado lejos. De hecho, el propio Sorogoyen confesó que, de filmarla ahora, quizás buscaría otro final aunque en su momento defendió la decisión con uñas y dientes.

Como sociedad, hemos necesitado pasar por el “No es no”, el “Solo sí es sí”… para que ciertos espectadores entiendan que un hombre que persigue a una chica por la calle, por mucha labia y atractivo que pueda tener, es una persona molesta, que incomoda. Que, aunque los guionistas no quisieron adjudicar papeles “de malo” y “de bueno” a sus personajes, como tampoco han querido hacerlo en su reciente As bestas, en Stockholm sí había un trasfondo maniqueísta. Y es que para ser buena persona no basta con no matar o no robar, hay que ir más allá. Y ese paso es la concienciación de género, la constatación de que ciertos actos molestan y que no son bien recibidos. Bienvenida, responsabilidad afectiva.

En 2013, la aproximación al film pudo ser machista, pero, milagrosamente, consideramos que no lo fue su realización

Sin quererlo, la película, para los ojos de quien escribe, resulta hasta transgresora. Presentó a una protagonista con (ignorados) problemas de salud mental, una cuestión que ha tomado mucha relevancia en este último lustro, sobre todo a raíz de la pandemia, y a un hombre insistente y pegajoso que sufre los límites de su tóxico juego de conquista. El problema, y la discusión sobre su posible mal envejecimiento, radica en que no se concibió pensando en que la conquista de Pereira era problemática o en que no hubo una gran cavilación alrededor de la perspectiva de género, ni del suicidio. Por eso, contribuimos a socorrer la percepción de que la película fue ideada y producida desde una perspectiva machista: la aproximación pudo serlo, pero, milagrosamente, no lo fue su realización. Ya en 2013 podíamos empatizar con el personaje femenino y que las alarmas feministas saltaran ante el papel de él. Lo que ha cambiado en esta tumultuosa década es la mirada de muchos espectadores. También la mirada de sus creadores.

Claudia Guillén
Acerca de Claudia Guillén 56 Articles
Graduada en Publicidad y RRPP por la Universidad Pompeu Fabra y Máster en Film Business por la ESCAC. También cursé Historia de Cine y Crítica cinematográfica en La Casa del Cine. Después de pasar por algunas agencias de comunicación y adquirir experiencia en el sector de la distribución de cine, trabajé en Rakuten TV desarrollando y coordinando las producciones originales de la plataforma. Actualmente, trabajo en Elastica Films, productora y distribuidora de cine independiente. En mis ratos libres leo con bastante avidez y busco películas españolas curiosas por los Encantes o el Rastro.

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