‘Una ventana al mar’: la vitalidad de los últimos días

Mientras uno viaja por los escenarios naturales de Una ventana al mar, puede venirle a la mente el popular inicio de la Oda a la vida retirada de Fray Luis de León: “¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido (…)!. Huir de ese “mundanal ruido” que es Bilbao y la rutina es lo que decide hacer María, la protagonista del último largometraje de Miguel Ángel Jiménez (Chaika, 2012), quien comprendiendo que no le queda mucho tiempo de vida, decide renunciar a su tratamiento para quedarse a vivir en una pequeña isla griega. Una elección brava, quizás de sabios, y paradójicamente vital que permite el ejercicio de cuestionarse si la vida que llevamos es la que realmente deberíamos llevar. Y no hace falta tener una enfermedad para cavilar sobre ello.

Cuenta el director que la idea de rodar la película le llegó al estar recorriendo la isla que años después le serviría de localización: Nísiros. Su madre, recientemente fallecida, le había comentado la idea de abandonar la terapia para irse lejos y así nació la idea. Junto a Luis Moya y Luis Gamboa, Jiménez ideó un guion con grandes atractivos, pero también con claros altibajos en los diálogos y en las escenas que suceden en el País Vasco, como si estas pertenecieran a otro film que no conoce sobre esponjas de mar, el disfrute por la vida simbolizado en, por ejemplo, el tacto de la arena o el digno camino hacia la muerte. Una ventana al mar podría haber transcurrido íntegramente en la isla helénica y sin el hijo de María, encarnada por Emma Suárez, vociferando por ahí y en claro contraste interpretativo con el resto del reparto e incluso con el estilo del largo. El intento de trío de amigas de viaje al estilo Mamma mia!  (pensamos en Meryl Streep, Christine Baranski y Julie Walters) tampoco cosecha el resultado que debería, siendo nuevamente algo posiblemente omisible dentro del gran relato que supone que alguien que se esté muriendo esté mucho más vivo que alguien que goce de una buena salud. Un contraste que ayuda a remarcar que, a menudo, nuestra actitud ante la vida es más opaca de lo que quisiéramos.

Una historia de amor inesperada y singular

A pesar de las ciertas dispersiones de guion, Una ventana al mar, que se ha presentado en el Festival Internacional de Cine de Barcelona – Sant Jordi (BCN FILM FEST) 2020, consigue resultar un film inspirador que llega a mostrar una vida de ensueño y ávida de novedades a la sombra del fin. Emma Suárez, comedida y de gestos ligeros como de costumbre, debe batirse con el actor griego Akilas Karazisis, quien encarna a un lobo de mar, hombre de mundo, tan consumido por el salitre como por su pasado. En un principio, el tándem puede provocar algo de rechazo, pero el carisma del porte del actor de Bienvenidos a Grecia  (Aron Lehmann, 2015) resulta innegable y ambos consiguen aportar a la cinta esas dosis de verdad y singularidad que la elevan y la diferencian de lo que podría ser una historia azucarada de amor en la madurez.

Los personajes principales, necesariamente imperfectos, consiguen quererse con elegancia y mimo en un ambiente que invita a explayarse en las tareas más mundanas

Con un recurrente interés por acercarse a los intérpretes en un zoom lento, la cámara aquí es paciente y acierta en explorar la belleza cruda de la isla protagonista -como hiciera Luca Guadagnino con la desconocida isla italiana de Pantelleria en Cegados por el Sol (2015)- y de los personajes principales, quienes en la tan necesaria imperfección consiguen quererse con elegancia y mimo en un ambiente que invita a explayarse en las tareas más mundanas y gustosas: bañarse desnudo en el mar, plantar flores con la esperanza de que pronto broten o montar en una escacharrada motocicleta bordeando la costa. El empleo de la omisión en algunos tramos de la historia es también un acierto aunque el mensaje global pueda dejar una sensación derrotista sobre el cáncer, enfermedad desgraciadamente omnipresente en la sociedad actual y bastante visibilizada en la industria cinematográfica en los últimos años (recordamos Mi vida sin mí (Isabel Coixet, 2003), Camino  (Javier Fesser, 2008), Ma Ma (Julio Medem, 2015), etc.), pero casi siempre con el mismo final.

Despojando a la película de algunos de sus artificios y centrándonos en esas últimas vivencias de la protagonista en un lugar privilegiado al sur del mar Egeo con su último amor, Una ventana al mar podrá recordarse como una cinta luminosa, más utópica que esperanzadora (adjetivo que usa su director para calificarla) para tomar pensamiento sobre el uso que le damos a la vida cuando esta está a punto de perecer.

Claudia Guillén
Acerca de Claudia Guillén 24 Articles
Graduada en Publicidad y Relaciones Públicas por la Universidad Pompeu Fabra y Máster en Film Business por la ESCAC. También cursé Historia de Cine y Crítica cinematográfica en La Casa del Cine. Después de pasar por algunas agencias de comunicación y adquirir experiencia en el sector de la distribución de cine, trabajo en una plataforma digital (ojalá que la fuerza cinéfila me acompañe durante mucho tiempo). En mis ratos libres leo con bastante avidez, hago mercadillos de segunda mano y busco películas españolas curiosas por los Encantes de Barcelona.

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