‘La vida de Adèle’, buscando el color más cálido

Se abre el telón. Una adolescente atraviesa la calle, coge un autobús escolar, se ciñe la coleta con repetidos y redundantes alzamientos de brazos, bosteza en clase de literatura y mastica macarrones con aire aburrido. Los primeros minutos de La vida de Adèle se nos muestran rutinarios y lentos: movimientos sencillos, diálogos parcos, fluidez de la vida simple de una diecisieteañera común. A primera vista, cualquiera podría categorizar inmediatamente el filme de Abdellatif Kechiche dentro del grupo de ‘esas películas francesas en las que nunca pasa nada’. Sin embargo, el director tunecino conocido por  su ópera prima La culpa la tiene Voltaire (La faute à Voltaire), nos presenta la historia de Adèle (Adèle Exarchopoulos) con una frontalidad y un intimismo descomunales. Si bien la complejidad de los acontecimientos y de la historia en sí es escasa, nos introduce de lleno en la vivencia personal de la protagonista, hondando en sus sentimientos, emociones, intimidad sexual, etc. 

La primera media hora de la película nos resulta, emocionalmente hablando, fría, pues tanto las relaciones familiares, sexuales y amistosas de Adèle como sus vivencias diarias parecen ser vividas desde un filtro neutro, ecuánime, pues a ella nada parece incomodarle especialmente, y nada parece entusiasmarle en particular. Adèle cabila, deja a su mirada perderse, y sin embargo transmite la sensación de búsqueda permanente; prueba con una relación heterosexual que fracasa, su actitud puede camuflarse tras un cierto conformismo inicial, pero su necesidad de encontrarse a sí misma prima sobre todas las cosas. Esta inmovilidad se rompe de pronto con un encuentro, con el cruce de una mirada en un paso de cebra. Puede que se trate de algo químico; una mirada es la pista primera (y definitiva) para hallar esa calidez buscada desesperadamente por una existencia algo apática. Y es que, efectivamente, le bleu est une couleur chaude. Haciendo metafórica referencia al título del cómic en el que se inspira la película, aparece en pantalla el pelo azul de una magnífica Léa Seydoux en el papel de Emma, aportando esa variedad cromática que Adèle buscaba inconscientemente.

Y es aquí donde se incrementa aún más la frontalidad del espectador, su proximidad a los acontecimientos. Poco después del encuentro fortuito en la calle, Emma aborda a Adèle en un bar de ambiente; los sentimientos desbordan y se desprende deseo por los cuatro costados; ese deseo incontrolable de dos personas que saben que se necesitan, y que nos remite en cierto modo a la española Habitación en Roma. Si bien los ocho minutos de sexo explícito han sido criticados por amplios sectores (y es que, Kechiche no se corta a la hora de hacer al espectador testigo de las escenas sexuales entre las protagonistas), el director hizo uso de ellos como método infalible de la expresión del deseo, él sabe que el inteligente y generoso empleo del tiempo en pantalla consigue el efecto deseado. Y efectivamente, a pesar ese exceso de cercanía y una violación de la intimidad que puede llegar a incomodar al espectador pudoroso (éste tiene la constante sensación de estar irrumpiendo entre las escenas de cama), la expresión del deseo carnal es totalmente fructífero. Este uso generoso del tiempo no ha de limitarse únicamente a lo referido al sexo en pantalla, obviamente, y es que la relación amorosa entre Adèle y Emma se desarrolla a lo largo de 3 años (la joven termina el instituto, estudia magisterio e incluso se la ve ejercer como profesora de infantil), y es que es el tiempo es precisamente el que nos arrastra al flujo de la vida de Adèle, a su amor recién hallado, y nos permite entenderlo y hallar cierto equilibrio en él, al igual que deja entrever sus fracturas, sus intermitencias y, finalmente, su desenlace. 

Desde el punto de vista estético, Kechiche confía en la proximidad de la cámara como testigo, los primeros planos y los planos detalle son perpetuos y largos en cuanto a su duración, el estatismo de la cámara es lo que capta la esencia de cada escena (ya sea para mostrarnos las escenas de sexo, como las de comida; pues el director hace uso de la misma frontalidad para mostrarnos un beso pasional que para mostrarnos a nuestra Adèle comiendo macarrones). Y todo ello en una búsqueda constante de la sensualidad, pues ante todo, La vida de Adèle es búsqueda, descubrimiento personal y química, sexualidad latente. 

Sumando todos los factores con los que cuenta una película compleja como esta, podemos concluir  que Adèle no pasará al montón de películas francesas estáticas y olvidadas, pues el ahondamiento en el sentimiento humano que el director ha propuesto es demasiado grandioso como para olvidarlo: Adèle puede resultar aburrida para el espectador que entró a la sala con miras demasiado altas, puede que haya quien considere que las tres horas de metraje son excesivas, quien se vea aplastado por la lentitud y dilación del desarrollo de la película, pero sin embargo, aunque sea por el hecho simplón de los ocho minutos de sexo, es un filme que no deja indiferente. Adèle Exarchopoulos es tan natural actuando que hasta tenemos la sensación de que nunca acabamos de conocer del todo a su personaje (en el sentido de que su espontaneidad en pantalla es tan admirable que se aleja de todo exceso o exageración interpretativa, y esto es algo, a mi juicio, positivo), por lo que la película rebosa naturalidad, autenticidad, y nuestra relación con la historia entre las chicas es tan estrecha que el espectador tiene esa permanente sensación de estar viviendo realmente La vida de Adèle.

Sofía Postigo
Acerca de Sofía Postigo 20 Articles
Soy madrileña,  graduada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Carlos III de Madrid, y tengo un máster en Film Business por la ESCAC de Barcelona. Me apasiona la fotografía, el retoque fotográfico, los idiomas y el mundo de las series y el cine (especialmente la crítica cinematográfica). He trabajado dentro del mundo audiovisual, en producción de televisión y esporádicamente, como fotógrafa profesional. Actualmente sigo formándome en marketing digital.

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