‘Sin tiempo para morir’, añorando a Pierce Brosnan

Sin tiempo para morir es la última y definitiva película de la etapa de Daniel Craig gracias a Dios. Una cinta cuyo estreno se había pospuesto debido al Covid, y cuya espera no ha merecido la pena, sino todo lo contrario. A pesar de lo fallida que fue Spectre y que Sam Mendes erró el tiro por completo echando por tierra los aciertos de la maravillosa Skyfall, el tiempo la ha puesto en su sitio y aquel filme de Mendes supuso una despedida que era más honesta tanto con el personaje y el actor como también lo era con el público.

Las luces y sombras que han acompañado a toda la saga interpretada por Craig aquí se tornan en una completa oscuridad en un filme deslucido, aburrido, de excesivo metraje, mal escrito, con pretensiones de ser algo trascendental (ay, esa partitura final machacona y “profunda” de Hans Zimmer) y perderse por el camino… Y así un largo etcétera. La fantasía, la diversión, la locura y el sentido del humor no tienen cabida en este intento/imposición por humanizar (¿disneyficar?) a un personaje al más puro estilo del Terminator de Arnold Schwarzenegger, que en cada nueva entrega era más “humano”. De la escena de Bond y el peluche en mitad del caos no voy a comentar nada.

El último filme de Bond me recuerda a la cocina creativa que es capaz de hacerte una tortilla española sin patatas y sin forma de tortilla, pero que le sigue llamando tortilla española porque sabe que tiene su público, que vende, y si le pusieran otro nombre pasaría sin pena ni gloria. Y eso es lo que le sucede a Sin tiempo para morir; si no lo llamasen Bond nadie iría a verla. Una cosa es evolución y otra bien distinta deconstrucción, y mantener el nombre no es más que un puro y duro ejercicio de marketing. También lo fue la concepción de esta última entrega, puesto que Daniel Craig, y es algo que los medios han omitido deliberadamente en esta ocasión, que sentía rechazo y hartazgo por el personaje desde hacía mucho tiempo, se despedía del mismo en Spectre, que era un ejercicio nostálgico de “greatest hits” de la saga de 007, cuyo final dejaba un buen sabor de boca pese a lo irregular de la propuesta.

Finalmente y ante el temor por no encontrar un nuevo Bond a la altura comercial de Craig, se le hizo una suculenta oferta final que este no pudo rechazar. La carrera del actor fuera de Bond había sido bastante errática a nivel de taquilla, y gracias a dar vida a 007 pudo conseguir el tan deseado contrato que le había sido imposible más allá de Bond: la saga de Puñales por la espalda le seguirá reportando jugosos beneficios económicos al intérprete británico. En este sentido, Sin tiempo para morir nos recuerda a Diamantes para la eternidad, la vuelta al personaje por parte de Sean Connery en un deslucido e innecesario filme, y es que en ambos casos se nota lo impostado del asunto, y la nimiedad de la trama.

El filme empieza razonablemente bien, va de más a menos, pero se pierde en un laberinto de lloros de un Bond más emo que nunca, y cuyas escenas de acción cabrían todas en un tráiler de escasos minutos. El arranque que está bien dista mucho del de Spectre, por ejemplo, y la fallida canción de Billie Eilish nos hace añorar a Adele y su estupenda Skyfall. Y es que la propia etapa de Craig está llena de aciertos que aquí son defenestrados en un epílogo que es incapaz de cerrar con dignidad la última película de 007. Y esa es otra, un final que bien podría estar entre los peores de la historia del cine.

No entiendo la contratación de la gran Phoebe Waller-Bridge (Fleabag es una de las grandes series de nuestro tiempo), puesto que estamos ante el Bond más soso a la par del de Quantum of Solace. Ni un pequeño atisbo de humor o socarronería entre tanto llanto, algo habitual en toda la saga del agente secreto más famoso de la cultura popular.

Sé que puede haber opiniones y gustos contrapuestos con esta película, pero creo que ciertas posturas a favor de la misma no son del todo honestas. ¿Y por qué hago tal afirmación? Pues bien, hay una regla no escrita desde siempre que se aplica a los filmes de James Bond, y esta dice que una película de 007 es tan buena como bueno sea su malo. Rami Malek da vida a Safin, el peor malo de toda la saga bondiana; su interpretación es penosa, y carece de motivaciones. Además, la relación con el personaje que interpreta Léa Seydoux es de traca. Es tal la mamarrachada temporal entre ambos personajes que ni el peor Nolan sería capaz de hacer algo semejante. Recordemos que en la vida real Malek es solo 4 años mayor que Seydoux. Esto descoloca tanto que hace imposible e increíble cómo se conocieron ambos personajes. Safin, un malo de medio pelo, pretende cargarse a Spectre, Blofeld, Bond, y a todo el que se interponga en su camino. Defender las bondades de esta película, pero al mismo tiempo no querer aplicar esta regla de oro sobre los villanos de James Bond es cuanto menos cuestionable.

El estancamiento de la narración evidencia que Cary Joji Fukunaga está muy por detrás en estas lides de Mendes y Martin Campbell (sobre Marc Foster mejor ni mencionarlo). Además, su último tramo se hace eterno y no avanza, el guion tiene elementos muy cuestionables como el esperpéntico e infantiloide plan de M, un Ralph Finnes que nos hace echar de menos a Judi Dench, porque, entre otras cosas, encarna al M más inepto de la saga más propio de Johnny English que de James Bond. Hay que tener en cuenta que muchos de los “aciertos” de la etapa de Craig no pertenecen a esta, sino que son anteriores como el de poner a M en la piel de una mujer, la enorme Judi Dench, algo que Craig heredó de Pierce Brosnan. Por otro lado, todo el romanticismo de esta etapa que en Sin tiempo para morir está muy presente no es más que una fusilada del Bond de George Lacenby y su excelente Al servicio secreto de su Majestad, cuya música aparece aquí (tanto la canción interpretada por Louis Armstrong como a nivel instrumental).

Asimismo, lo que se nos ha querido vender como un 007 nuevo, como evolución, en realidad nos ha dado al Bond con menos identidad de todos, puesto que la etapa de Craig en su afán por modernizarse copió directamente en las escenas de acción a una saga que le adelantó por la derecha. Me refiero a la franquicia de Jason Bourne, un verdadero Bond contemporáneo. Pero no solo Bourne ha superado a 007, sino que Ethan Hunt y su Misión imposible también lo ha hecho, y si me apuran Kingsman se puede unir a la fiesta.

Del reparto solo se salva Ana de Armas que aporta cierta frescura, aunque protagoniza una vergonzosa escena con Daniel Craig; un equívoco que podría haber desembocado en comedia, pero que queda en un momento “emponderante” al despreciar a Bond en un intento de coqueteo. “Contigo no, bicho”, le faltó decir. El Bond de Craig ya no es un conquistador; ni puede ligar, ni le dejan ligar. Una gran manera de evolucionar al personaje. Christoph Waltz y su Blofeld está muy desaprovechado en otra escena espantosa (aunque en Spectre tampoco se le sacaba todo el partido); Lashana Lynch da vida a la nueva 007, y eso de por sí no es malo, lo malo es que hacía tiempo que no había visto personaje más plano que el de ella que además va todo el tiempo con el ceño fruncido. Y del resto poco más hay que mencionar, si bien Craig no da tanta pena como en Spectre que iba con el piloto automático puesto, pero tampoco brilla en demasía.

En Chicago dicen que el 23 es solo un número, y en Argentina dicen lo mismo sobre el 10… No, nos equivoquemos ni vendamos la moto; 007 no es solo un número, pero si lo mancillas, lo reinterpretas hasta el punto que pierdes el punto de partida, te buscas esa excusa para justificar lo injustificable y hacerle comulgar al espectador con ruedas de molino.

Sobre el nuevo Bond poco o nada puedo esperar ya, pero lo que sí sé es que tras ver Sin tiempo para morir me entraron unas ganas tremendas de volver a ver toda la etapa de Pierce Brosnan que, pese a sus fallos, dio vida al último y genuino James Bond.

Giovanni Casella
Acerca de Giovanni Casella 31 Articles
Licenciado en Comunicación Audiovisual por la UMA y Master en Ficción de Cine y Televisión por la U.R.L. Desde niño el cine ha sido mi principal pasión, aunque la he ido combinando con las series, los cómics y los videojuegos… Me interesa cualquier forma de expresión siempre que la historia o las sensaciones sean buenas. Colaboré en el weblog Zona Negativa, en la sección de cine y televisión.

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