‘Bohemian Rhapsody’, una oportunidad perdida

Que Bohemian Rhapsody es una de las mejores canciones de la historia de la música es algo que poca gente pone en duda. La canción compuesta por Freddy Mercury, vocalista de Queen, pertenece al álbum A Night In The Opera, publicado el 31 de octubre de 1975, víspera de Todos los Santos. Cuarenta y tres años más tarde se estrena en las carteleras del mundo una película con el mismo título, Bohemian Rhapsody, pero en este caso, y pese a su popular éxito, no estamos delante de una de las mejores películas de la historia, y ni siquiera de su año. Porque la Bohemian Rhapsody canción vive a años luz de la Bohemian Rhapsody película.

Aunque Freddy Mercury nunca quiso explicar el significado de la canción y los otros miembros de Queen revelaron que no tenía ninguno específico, el significado de la canción es todavía hoy un enigma, aunque en estas décadas han surgido diferentes interpretaciones que intentan unir todos los conceptos que aparecen tanto en la parte lírica como en la parte musical. El escritor Jorge Palazón trazaba hace unas semanas en su twitter una teoría elaborada y bastante difundida:

Más allá del significado de la canción, que la película no quiere descifrar (véase la escena cuando le presentan la canción a su productor musical y el grupo contesta con evasivas, o directamente no contesta a las preguntas acerca de qué signfica Bismillah o quién es Galileo), la importancia de Bohemian Rhapsody canción reside en que resultó ser una auténtica revolución por diferentes motivos que paso a resumir:

  • Sus 5 minutos con 55 segundos eran una duración inusual para un single. En astrología, de la que Mercury era aficionado, el número 555 está relacionado con la muerte espiritual.
  • Por su eclecticismo musical, pues es una canción difícilmente clasificable en un único género, transitando entre la balada, el rock y la ópera.
  • Es una canción sin estribillo, algo que no impide que sea pegadiza, y está compuesta por siete partes (que no estrofas) no simétricas.
  • Fue grabada en cuatro estudios diferentes y debieron juntar más de 180 grabaciones diferentes.

¿Qué tiene de revolucionaria Bohemian Rhapsody, la película? Nada, absolutamente nada. Es más, no parece ni una película de 2018. Su principal problema es que está planteada como un biopic y no una película histórica, aunque narre la vida de un personaje histórico (Mercury es historia de la música). La estructura narrativa del biopic narra acontecimientos como un río, es una concatenación de momentos que sucedieron. O no, porque hay varios pasajes de la vida de Mercury que no ocurrieron tal y como son narrados en la película.

¿Es necesario mentir? Bohemian Rhapsody es una película biográfica autorizada, es decir, detrás del film figuran los componentes de la banda aún vivos, lo que debería asegurar ese rigor histórico, pero no nos engañemos, no hay nada más aburrido que una biografía autorizada si el protagonista de dicha biografía prefiere omitir ciertos pasajes. Múltiples escenas no son narradas en Bohemian Rhapsody tal y como ocurrieron o simplemente son una invención. Ni los integrantes de Queen se conocieron tal y como la película narra, ni Mary Austin se aleja de Mercury tras su ruptura, pues se convirtió en secretaria y mano derecha de todos los miembros grupo, con quien les unía una amistad aún más lejana que con Mercury. Además, Mercury no fue diagnosticado de SIDA hasta 1987, dos años después del concierto de Live Aid, que en el film es presentado casi como una despedida del grupo y cuya enfermedad sirve a Mercury para convencer al grupo que debe volverse a reunir porque “igual no nos queda tiempo”.

El Live Aid se celebró el 13 de julio de 1985. En septiembre de 1984 el grupo empezó una nueva gira, The Works Tour, en busca de nuevos públicos en Asia, África u Oceanía, y en el mismo enero de 1985, seis meses antes del Live Aid, participaron en la primera edición del Rock en Río, para después continuar su gira por Oceanía. Es decir, Queen no estaban separados y se volvieron a unir para el concierto de Live Aid. Además, después de ese gran evento Queen aún publicaría tres discos más: A kind of magic, en 1986; The Miracle, en 1987; e Innuendo, en 1991. Aún así, la película acierta en acabar en ese punto, en un gran clímax donde un irregular Rami Malek da lo mejor de si. Capítulo aparte merece su sobrevalorada interpretación, capaz de ser nominada al Oscar después de serlo a los Globos de Oro y a los Premios del Sindicato de Actores. Marc Martel, músico y cantante canadiense, tiene gran mérito en esa interpretación, pues pone voz a Freddie Mercury en el cuerpo de Malek.

La producción de Bohemian Rhapsody fue anunciada en 2010 con Sacha Baron Cohen (Borat) como protagonista y con nombres como los de Tom Hooper (El discurso del Rey), David Fincher (La Red Social) y Stephen Frears (The Queen) como uno de los candidatos a ocupar la silla de director. Tiempo después, en 2013, Cohen se desentiende de la producción por diferencias creativas con Brian May y Roger Taylor, dos de los tres miembros con vida de Queen, pues John Deacon vive apartado de la vida pública y de la gestión del legado de la banda. Según Cohen, May y Taylor querían que Mercury muriese a mitad de la película, y que ésta narrase como los componentes de la banda intentaron seguir adelante sin él.  

En los créditos de la película figura Anthony McCarten (La teoría del todo) como guionista, y también aparece asociado el nombre de Peter Morgan como creador de la historia junto al de McCarten. El dos veces nominado al Oscar Peter Morgan es el responsable de uno de los mejores biopics de las últimas décadas, The Queen. Y es uno de los mejores biopics precisamente porque no es un biopic, es una película histórica que narra un pasaje trascendente en la vida de un personaje real, público e histórico: la reacción de la Reina de Inglaterra Isabel II tras la muerte de su antigua nuera Diana Spencer y los días que ocurrieron entre el fallecimiento y el entierro de la otrora Princesa de Gales. Lo que demuestra The Queen es que no es necesario ver en pantalla la vida entera de un personaje para captar su esencia; su estructura narrativa es convencional, pero no por ello conservadora: un personaje se enfrenta a un problema que deberá superar afrontando una serie de obstáculos, externos e internos. En ese sentido, es mucho más conservadora Bohemian Rhapsody, la película, y no hace justicia a una canción revolucionaria. Este hecho nos muestra una situación tristemente habitual, cuando algo revolucionario se convierte en canónico.

A este hecho hay que sumarle una dirección plana, obra de un Bryan Singer cuyo primeros éxitos fueron Sospechosos habituales, su segunda película y ganadora de dos Oscar a mejor actor secundario y guion original, y las excelentes dos primeras películas de la saga X-Men. A su irregular filmografía se añade el hecho de que fue despedido de Bohemian Rhapsody antes de finalizar el rodaje por llevar a cabo “un comportamiento poco fiable” y fue sustituido por Dexter Fletcher, que en 2019 estrenará Rocketman, el biopic sobre Elton John que protagonizará Taron Egerton.

Bohemian Rhapsody es una oportunidad cinematográfica perdida para producir un film a la altura de un personaje y una música que trascienda la música popular y merecen un lugar privilegiado en la historia de la música moderna. Una música que es el auténtico motor de una película que sería insoportable ver sin sonido. Porque como decía el profesor y crítico musical Conrado Xalabarder en una entrevista para Industrias del Cine: “La música siempre gana”. En este caso, la música no solo gana, si no es la única defensa que tiene una película que, eso sí, ha conseguido convertirse en uno de los fenómenos cinematográficos del año.

Bohemian Rhapsody es con 644 millones de dólares la octava película más taquillera de 2018, y es el biopic musical más taquillero de la historia, lo que demuestra que se puede hacer un cine popular y para todos los públicos sin formar parte de ninguna saga o franquicia, y ha conseguido llevar de nuevo a las canciones (o himnos) de Queen a lo más alto de las listas de ventas y reproducciones, dando así a conocer al grupo a nuevas generaciones y a nuevos públicos. No hay mal que por bien no venga.

Pablo Sancho París
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Licenciado en Historia del Arte y Comunicación Audiovisual por la U.B., Master en Ficción de Cine y Televisión por la U.R.L. y Master en Film Business por ESCAC. He sido presidente de la Federació Catalana de Cineclubs entre 2015 y 2017. He trabajado como programador en Most Festival y Cine Club Vilafranca durante cuatro años. Además, he compaginado estas tareas con la de cronista cinematográfico, profesor de cine en talleres para niños y adolescentes, y la realización de audiovisuales y cortometrajes de ficción. Actualmente me dedico a la producción cinematográfica. Me podéis contactar en pablosanchoparis@industriasdelcine.com.

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