‘El fotógrafo de Minamata’: retratos de un desastre medioambiental

A pesar de que en España se ha decidido comercializar como El fotógrafo de Minamata, haciendo hincapié en su protagonista más que en la historia, el título original de la película es únicamente Minamata. Este es el nombre de la ciudad japonesa donde sucede la acción y es también como se conoce a la enfermedad derivada del envenenamiento por mercurio que han sufrido muchos de sus habitantes: la enfermedad de Minamata. La importancia de ese topónimo como título original no es vacua; el relato de lo sucedido en esa parte costera del país nipón es una de las mayores muestras de las irresponsabilidades, tanto hacia la naturaleza como hacia la especie humana, cometidas por el hombre. Un nombre que debe sonar en nuestra mente junto a tales como Chernóbil (Ucrania) u otros menos conocidos como Bhopal (India), donde en 1984 se produjo una fuga de uno de los compuestos usados para fabricar pesticidas dejando más de 25.000 muertos y alrededor de 500.000 heridos.

El fotógrafo de Minamata, el segundo film de Andrew Levitas, relata la aventura del reportero estadounidense W. Eugene Smith y la activista Aileen Mioko por destapar las atrocidades cometidas por la empresa petroquímica Chisso, que entre 1930 y 1970 pudo verter a la bahía de Minamata más de 80 toneladas de mercurio, y sus consecuencias en la población vecina. Dicho elemento era acumulado en los peces y el marisco de la zona, alimentos que resultaban el principal sustento de los habitantes de Minamata. El (pese a todo) popular Johnny Depp es el encargado de dar vida al fotógrafo, un personaje abrumado por sus excesos con el alcohol y por los recuerdos de una vida pasada llena de éxitos y también pesadillas derivadas de las guerras en las que trabajó como periodista.

El actor de Descubriendo Nunca Jamás (Marc Foster, 2004) parece estar siendo bastante selectivo (¿o es que, desgraciadamente, no le queda otra?) con los proyectos en los que participa últimamente y el de Smith no parece un papel escogido al azar: le permite interpretar un registro que no le es del todo desconocido (hombre algo atormentado, destartalado y con adicciones) mientras actúa aportando un poco de “responsabilidad social fílmica”, la alternativa a la corporativa en su caso. Aun así, es difícil no sentir que su recreación del galardonado fotógrafo no deja de ser un recuerdo de algo que ya hemos visto en él: demasiados tics, demasiado whisky y desfachatez. Esto último, sin embargo, será bienvenido por muchos ya que ayuda a aportar un poco de humor o suavidad a una historia plagada de sufrimiento. Un ejemplo sería la escena en la que Smith debe cuidar un rato de una niña enferma, que apenas responde a ningún estímulo, y esta encuentra en su áspera barba algo nuevo que parece hacerla reaccionar.

La película invita a reflexionar sobre los desastres naturales cometidos por el hombre

A través de una solitaria y terrorífica tubería con acceso directo al mar expulsaba Chisso los residuos de su fábrica. En un momento del film, el director de la empresa le comenta a Smith que, a veces, debe estar justificado que unos pocos paguen por el bienestar de muchos. ¿Podría él realizar sus fotografías si empresas como Chisso no crearan los componentes para la fabricación de sus negativos? Seguramente no. Esta sentencia invita a reflexionar sobre hasta qué punto estamos involucrados en muchos de estos procesos, como el actual exceso de plástico, material presente en casi todos los productos que adquirimos y que está resultando uno de los peores enemigos del medioambiente. Esto no quiere decir que el espectador deba sentirse culpable (bastante tenemos con pensar que el cambio climático es resultado de usar nuestra moto o coche para ir a trabajar, aunque indudablemente estemos, en parte, contribuyendo a ello), pero sí permite preguntarnos qué medidas estamos tomando para evitar estas catástrofes o, al menos, ser conscientes de ellas. Al acabar el film, desfilan ante los ojos del público varias imágenes de accidentes como el de Minamata en otras partes del mundo: vertidos de plomo o fuel, fugas nucleares, islas de plástico y chatarra, explosiones en petroquímicas…

El fotógrafo de Minamata, aunque algo plana a pesar de cumplir con los momentos álgidos de rigor de cualquier guion de Hollywood (leed ¡Salva al gato! de Blake Snyder) y con una cierta inclinación para ensalzar al “blanco salvador”, importa porque recuerda y pone el foco en una desgracia que, a día de hoy, sigue sin haber finalizado ni sido resuelta. Aún siguen habiendo personas con la enfermedad y se desconocen los síntomas que pueden ir apareciendo en un futuro debido a las pequeñas ingestas de mercurio que los peces y mariscos de la zona siguen teniendo. Una propuesta aceptable que también rinde su particular homenaje al mundo de la fotografía y a la artesanía que conllevaba seleccionarlas y revelarlas en los míticos cuartos oscuros: una acto en desuso desde que todos somos pequeños fotógrafos con nuestros rápidos smartphones.

Claudia Guillén
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Graduada en Publicidad y Relaciones Públicas por la Universidad Pompeu Fabra y Máster en Film Business por la ESCAC. También cursé Historia de Cine y Crítica cinematográfica en La Casa del Cine. Después de pasar por algunas agencias de comunicación y adquirir experiencia en el sector de la distribución de cine, trabajo en una plataforma digital (ojalá que la fuerza cinéfila me acompañe durante mucho tiempo). En mis ratos libres leo con bastante avidez, hago mercadillos de segunda mano y busco películas españolas curiosas por los Encantes de Barcelona.

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