‘Un blanco, blanco día’, Manderley en el fiordo

El islandés Hlynur Pálmason firma en su regreso una película más accesible sobre el duelo y la venganza

“En los días en que todo es tan blanco y no se distingue entre el cielo y la tierra, los muertos pueden hablar a los vivos”. La frase con la que Hlynur Pálmason abre Un blanco, blanco día bien parece corresponderse más con aquel debut de estética distópica y fascinante -con premio a la Mejor Fotografía en el Festival de Sevilla- que fue Winter Brothers. En su regreso a la gran pantalla, el islandés ha pulido la forma para narrar una historia más accesible en la que los espacios y las arquitecturas siguen dialogando con los sentimientos de los personajes.

En mitad de un páramo se levanta una casa en obras. Como la catedral de Rouen pintada por Monet, sobre ella se suceden las horas del día y las estaciones. La nieve y las brumas. El sol y la lluvia. Y una luna que recuerda que en los días cambiantes de la meteorología islandesa es el satélite lo que uno acaba por echar de menos. En ese Manderley, como una tabula rasa, Ingimundur reforma una casa mientras reconstruye su propia vida. Los encofrados y los andamios son en él sesiones de un psicólogo que martillea su cabeza con la misma fuerza que él lo hace sobre el tejado. 

“Es una película escrita para Ingvar Sigurdsson. Después de trabajar con él en un cortometraje (En Maler) sentí que nos habían quedado muchas cosas por explorar”, explica el propio cineasta en el vídeo de introducción para el festival D’A en Filmin, en el que compite dentro de la sección Talents. Y Sigurdsson se convierte en una suerte de señor De Winter a quien la llegada de una caja con las pertenencias de su difunta esposa pone aún más patas arriba su poco andamiada alma. Un hallazgo hará incluso tambalear los cimientos de sus recuerdos y de su presente.

“De alguna manera quería explicar la relación entre una nieta y su abuelo. El amor puro e incondicional hacia un nieto o hacia un niño”, continúa Pálmason. Porque aquel desapego y alienación casi absoluta de su debut cinematográfico -también en su forma de filmar a los personajes- se transforman aquí en una frialdad enlutada. Sólo Salka -excelentemente interpretada por Ída Mekkín Hlynsdóttir, hija del director- funciona como contrapunto para Ingimundur sumido en unos paisajes tan desolados como él mismo. 

El islandés repite en Un blanco, blanco día -el mismo título con el que Tarkovsky bautizó el relato que acabaría por convertirse en la película Espejoese diálogo del entorno con el protagonista. No sólo a través de las carreteras desiertas y las nieblas blancas, sino también de los recursos visuales con los que parece ser ese paisaje quien observe al propio Ingimundur: las cámaras de seguridad siguiendo el rastro de su coche, el ojo de buey de la puerta que espía y anuncia el exterior. 

A esa limpia relación entre abuelo y nieta, el cineasta yuxtapone otra más compleja: “El amor que sientes por una pareja o un amante y en el que hay una línea muy delgada entre querer y odiar a esa persona”, detalla. Es ahí cuando el señor de Winter, herido por el descubrimiento de su Rebeca particular, y la propia película con él, transita del drama al thriller con una naturalidad y un resultado muy por encima de otros experimentos con sello islandés como fue la fallida Medidas extremas de Baltasar Kormákur

Laura Jurado
Acerca de Laura Jurado 50 Articles
Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense (2008), y especializada en Producción Cinematográfica tras cursar el máster de ESCAC (2017). Fanática de Linklater y Lanthimos. Amante del cine escandinavo. Después del curso sobre Cultura Cinematográfica y Televisiva en Escandinavia con la Universidad de Copenhague, debutó en el cine como auxiliar de producción de ‘A Woman at War’, la segunda película del islandés Benedikt Erlingsson.

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