‘Érase una vez… en Hollywood’, Tarantino entre lo viejo y lo nuevo

Quentin Tarantino reinterpreta la historia en su última película, ganadora de dos premios Oscar

El 9 de febrero de 1971 la ciudad de Los Ángeles vivió uno de los mayores terremotos que se recuerdan, arrojando la cifra de 64 muertos y millones de dólares en pérdidas materiales. Con la cita a este seísmo empieza el excelente libro de Peter Biskind Moteros tranquilos, toros salvajes. La generación que cambió Hollywood. Con cierto tino, a pesar de la macabra comparación, Biskind comparaba la terrible sacudida que vivió California ese día con la que, unos pocos años antes, vivió la industria más dichosa de todo el estado, la industria del cine.

En 1967 y después de 33 años en vigor, el Código Hays, que regía a través de una normas basadas en determinada ética y moral que podía verse en pantalla y que no, fue abandonado por los grandes estudios de Hollywood dando paso a un nuevo lenguaje, a unas nuevas temáticas y a unos nuevos rostros. En la gala de los Oscar que premiaban las películas de 1967 ya compitieron films como El graduado, Bonnie and Clyde, Adivina quién viene esta noche y la ganadora El calor de la noche. Parece impensable que estos cuatro filmes se hubiesen podido estrenar antes de 1967 tal y como lo hicieron.

La introducción de nuevos códigos, lenguajes e historias, vino acompañada de la irrupción de una serie de jóvenes cineastas venidos de la vieja Europa, como Roman Polanski o Milos Forman, o jóvenes creadores que habían crecido viendo la televisión y que fue la primera generación de directores que se habían graduado en la Universidad con estudios de Cinematografía, como por ejemplo Steven Spielberg, Martin Scorsese y Francis Ford Coppola.

Es en este contexto histórico en el que Quentin Tarantino decide situar su novena película, Érase una vez… en Hollywood. Un título que nos indica que lo que estamos a punto de presenciar es un cuento, no una película histórica.

Corre el año 1968 y un actor de segunda fila que protagoniza seriales televisivos llamado Rick Dalton se reúne con un representante de actores interpretado por Al Pacino (uno de los buques insignia del Hollywood de los 70) que le hace ver que su tiempo está pasado en Hollywood, que ya no hay lugar para él más allá del ser el malo al que siempre vence la prometedora nueva estrella. Pacino verbaliza lo que decenas de actores en Hollywood oyeron en aquella época por culpa de, precisamente, actores como él. El nuevo Hollywood se abría paso derribando todos los muros que hasta entonces habían sustentado un firmamento cuyas estrellas pareciera que no iban a apagarse jamás, a pesar de que la historia es cíclica y la meca del cine podía haber aprendido de la experiencia del seísmo vivido a finales de los años 20 con la introducción del cine sonoro.

Tal y como se cita en su título original Once upon a time… in Hollywood, la novena película de Tarantino es una reflexión sobre el tiempo, bajo la premisa del universal argumento de “lo viejo y lo nuevo”. Una época en la que dos mundos se yuxtaponen, viviendo en paralelo hasta que uno acaba por comerse al otro.

Esos dos mundos habitan uno junto al otro, literalmente, en la película. Junto a la casa de Rick Dalton (el viejo Hollywood) se instalan Roman Polanski junto con su esposa Sharon Tate (el nuevo Hollywood), a la que interpreta una impresionante Margot Robbie, que, como es bien sabido, fue asesinada por el clan Manson el 9 de agosto de 1969, cuando le faltaban semanas para dar a luz.

Aún así, la mejor escena del filme que define esta yuxtaposición de mundos es la conversación de Rick con Trudi, la niña actriz con la que más adelante compartirá el rodaje de una escena para un piloto para la televisión. La pequeña lee una biografía de Walt Disney (fallecido en 1966) mientras que Dalton hace lo mismo con una novelita del oeste. El nuevo Hollywood, representado por Trudi, es una generación que ha nacido consciente de lo que es el cine y Hollywood, un monstruo creado por otros cuyas puertas hay que derribar para entrar.

Aunque nació en Tennessee, Tarantino pasó su infancia en California, y vivió el final de los 60 y la aparición del movimiento hippie en la ciudad Los Ángeles. Afirma que ‘soy lo suficientemente mayor para como para haber estado allí en aquel momento, pero no tan viejo como para no poder hacer una película totalmente vibrante sobre lo que fue esa época”. Tarantino compara su película a Roma, de Alfonso Cuarón, como homenaje a su infancia.

La elección del casting merece una mención aparte. Tarantino recurre a, seguramente, las dos mayores estrellas masculinas del cine, con permiso de Tom Cruise, quien precisamente fue una de las opciones que barajó Tarantino para interpretar el papel que finalmente le valdría un Oscar a Brad Pitt. ¿Existen hoy las estrellas de cine? ¿O diferenciamos en categorías diferentes a intérpretes y celebridades?

Llamativo es, igualmente, el cast de actrices que Tarantino elige para interpretar a las chicas que habitan en la comunidad de Spahn Ranch y que custodian al viejo y ciego George Spahn, interpretado por un Bruce Dern que sustituye a Burt Reynolds, fallecido antes del inicio del rodaje y en quién se inspira remotamente el personaje de Leonardo DiCaprio. Volviendo a las chicas, encontramos a Lena Dunham, creadora de la serie Girls, la ex-niña prodigio Dakota Fanning, la emergente Sydney Sweeney y dos actrices con pedigrí: Margaret Qualley, hija de Andie McDowell, y Maya Hawke, hija de Uma Thurman y Ethan Hawke. Una nueva generación de intérpretes que viene para sustituir la anterior, la de sus padres. De nuevo, lo nuevo contra lo viejo, ahora en pleno siglo XXI.

En su última película, Tarantino crea una nueva realidad, basada en hechos reales pero distorsionada. Es el poder que tiene el cine de manipular la historia. Se hace a menudo, pero aquí Tarantino lo hace a cara descubierta, como un juego, gracias a tratar una historia famosa y conocida por todos.

Quentin Tarantino, el joven cineasta que provocó a principios de los 90 un cambio generacional que explotó en 1994 con Pulp Fiction, retrata aquí el cambio vivido en 1968. En los 90 el cine independiente se convirtió en popular y fue asumido por las majors, provocando la institucionalización del cine independiente, fagocitando en ocasiones a sus autores. Había espacio para ese cine, era bien acogido por el público y Hollywood lo asumió. En 1968 y en 1994.

Tarantino se sublima con Érase una vez… en Hollywood, una comedia impregnada de una madurez propia de un autor que, pese a no llegar aún a los sesenta, se siente ya un viejo cineasta, que ve el ocaso de su carrera cada vez más pronto, como así ha dejado dicho en más de una ocasión. Por suerte, su lucidez sigue intacta y su talento, ya más reposado, le permite perfilar sus historias con un sedimento que vuela más allá de sus imposibles diálogos, sus juegos narrativos y sus acciones llenas de violencia. Quentin Tarantino, el rey del reciclaje, paso a paso se afianza como una de las voces más importantes de la historia del cine. Al menos hasta que alguien, dentro de cincuenta años, no reescriba la historia sobre celuloide, digital, o peor aún, una serie de Netflix, si es que aún existe y evita traspasar la puerta del cielo.

Pablo Sancho París
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Licenciado en Historia del Arte y Comunicación Audiovisual por la U.B., Master en Ficción de Cine y Televisión por la U.R.L. y Master en Film Business por ESCAC. He sido presidente de la Federació Catalana de Cineclubs entre 2015 y 2017, siendo actualmente responsable de proyectos de la entidad. Además, soy el programador de Cine Club Vilafranca, que gestiona la Sala Zazie y el Cine Kubrick de Vilafranca del Penedès. Además, he compaginado estas tareas con la de cronista cinematográfico, profesor de cine en talleres para niños y adolescentes, y la realización de audiovisuales y cortometrajes de ficción. Me podéis contactar en pablosanchoparis@industriasdelcine.com.

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