‘Conversaciones con Woody Allen’, cuatro décadas de reflexiones cinéfilas

Encontré Conversaciones con Woody Allen en una de mis librerías de segunda mano favoritas de Barcelona. Estaba bastante nuevo y, a juzgar por las pocas arrugas que tenía el lomo, pensé que su anterior poseedor/a no había alcanzado a leer ni la mitad de su contenido ya que una edición de bolsillo con casi 500 páginas, como es esta, tiende a doblarse varias veces para manejarse mejor y, como resultado, se crean esos finos pliegues que denotan su deterioro. Ya que me atraía Allen y su bulliciosa cabeza, coincidí en que tendría muchas novedades sustanciosas del director que sacar de ahí y me lo llevé a casa junto a unos cuantos libros más (es imposible salir de ese lugar tentador, obra de un literato diablo, con solo una obra entre las manos).

Conversaciones con Woody Allen recoge los encuentros que el director y el autor Eric Lax llevaron a cabo durante 36 años: desde el estreno de Bananas (1971), el segundo largo de Allen después de Toma el dinero y corre (1969), hasta 2007, al completar la película El sueño de Casandra, protagonizada por Ewan McGregor y Colin Farrell. Durante esos años se dieron decenas de charlas entre los dos, tanto en rodajes, salas de montaje, cafeterías o en la misma casa de Allen, que Lax decide agrupar en 8 categorías: la idea, el guion, la interpretación, el rodaje, la dirección, el montaje, la música y la profesión de cineasta.

“Resulta irónico que haga películas con fines de evasión, pero no es el público el que se evade, sino yo”

Woody Allen

Woody es la antítesis del personaje que interpreta en la pantalla”, adelanta el autor por si el lector espera encontrar entre las páginas los chistes y recurrencias propias del creador de Annie Hall (1977). Pronto se comprueba que en su voz, pausada y modesta, no hay atisbo de esos diálogos ingeniosos y rápidos que suele usar en sus films, lo que nos indica que la primera sentencia puede ser cierta. En el libro, Allen se deja ver como un director incombustible, siempre con alguna idea en marcha, que crea por pura necesidad artística y, a la vez, como un cineasta inseguro que no cesa en destacar su dificultad para producir “obras serias” como Match point (2005), una de las películas de las que siente más orgullo junto a La rosa púrpura de El Cairo (1985) y Maridos y mujeres (1992). Esa traba para crear obras como las que tanto admira de Ingmar Bergman, su artista favorito junto al cómico Bob Hope (curiosa mezcla), le lleva a reconocer que no es bueno para el drama y que se ha encontrado siempre a medio camino entre lo artístico y lo comercial: Para una persona del montón, mis películas pueden parecer pseudoartísticas. Y para la gente que sabe de arte, nunca van a ser de arte. De modo que siempre he vivido en un extraño limbo con mi cine. Pese a la inclinación por hablar de esa carencia por parte del mismo Allen, Lax consigue dar mucha importancia al ingenio del cineasta, quien tiene una innegable facilidad para desarrollar, a partir de una mínima idea o referencia, un guion de cine: una historia completa que trasladar a la gran pantalla.

El director de Medianoche en París (2011) acumula ideas en cajones y solo se deshace de ellas cuando ya las ha utilizado. Lo mismo le sucede con las películas: una vez las termina, las pierde de vista y se centra en la siguiente sin un atisbo de melancolía: “Cuando terminé Scoop pensé que estaba perdiendo el tiempo con esa pequeña comedia cuando podría estar haciendo otra historia como Match point. El por qué de ese frenético ritmo de creación, ejecución y distribución, casi a cinta por año, resulta algo envidiable ya que el artista se ve, en varias ocasiones, muy limitado por el presupuesto y el país de procedencia de este, pero siempre consigue llevar a cabo los films que se propone (aunque algunos parezcan tener el piloto automático puesto y sean percibidos como rutinarios u obras menores incluso entre el público que le admira).

“Mi opinión objetiva es que nunca he alcanzado ninguna meta importante en lo artístico. Pienso que no he aportado nada verdaderamente significativo al cine, en comparación con Spielberg, Coppola o Scorsese. Me ha parecido siempre raro que se me prestara tanta atención durante todos estos años.”

Woody Allen

En el libro, Allen tiende a hablar maravillas de todos los actores con los que ha colaborado, sintiéndose muy afortunado por su trabajo en la mayoría de sus películas. En especial, destaca la química que tenía junto a Diane Keaton (véase la escena de las langostas en Annie Hall) y, en el futuro, la que tendría junto a Scarlett Johansson, a quien considera tan bella como ocurrente e inteligente. El creador de Manhattan (1979) habla también de su limitado registro interpretativo, algo que tiene muy presente a la hora de crear sus papeles. Por contrato, Allen debía actuar de vez en cuando en sus películas y siempre fue muy consciente sobre las que encajaban con él y las que no: “lo bueno de no tener talento es que nunca me salgo de mi registro”, dice.

Por otro lado, el estadounidense hace mucho hincapié en la importancia que tenía para él rodar en lugares en los que, después, “poder volver a mi casa para dormir y estar con mis hijas”, algo que se contrapone un tanto con la vida de cineasta incombustible que no para de crear; y es que el genio, aunque no le guste tal apelativo (“¿Entonces qué es Shakespeare?”), también se describe como un hombre muy perezoso.

El compendio sobre su obra que resulta Conversaciones con Woody Allen se nutre de los pensamientos del artista y de sus recuerdos junto a la gente con la que ha colaborado para poder realizar sus largometrajes, y da pie a numerosas anécdotas, como la que explica que dejó de prestar atención a las críticas hace décadas porque “¿Quién necesita reflexionar sobre semejantes sandeces?”, aludiendo a algunas citas surrealistas que leyó de varios críticos y que nada tenían que ver con sus intenciones fílmicas. Aficionado a la música (el jazz es una de sus prioridades y toca el clarinete desde los 15 años), a los films de época y a los colores cálidos, por no sacar a relucir a sus psicoanalistas, a las mujeres hermosas y a la ciudad de Nueva York, Allen es un claro urbanita (“La naturaleza y yo somos dos”, que diría en alguna ocasión) que, a la postre, se considera un humorista de Brooklyn y Broadway que ha tenido mucha suerte” y que ya cuenta con más de 50 películas en su filmografía.

Claudia Guillén
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Graduada en Publicidad y Relaciones Públicas por la Universidad Pompeu Fabra y Máster en Film Business por la ESCAC. También cursé Historia de Cine y Crítica cinematográfica en La Casa del Cine. Después de pasar por algunas agencias de comunicación y adquirir experiencia en el sector de la distribución de cine, trabajo en una plataforma digital (ojalá que la fuerza cinéfila me acompañe durante mucho tiempo). En mis ratos libres leo con bastante avidez, hago mercadillos de segunda mano y busco películas españolas curiosas por los Encantes de Barcelona.

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