‘Akira’, una experiencia cinematográfica inolvidable que no puede verse una sola vez

Miquel Felipe se estrena como firma invitada analizando una de las 125 películas imprescindibles de la historia del cine elegidas por ‘Industrias del cine’.

La cinta de Ōtomo es una obra fascinante dentro de la ciencia ficción que ha influido a una gran cantidad de cineastas posteriores vinculados al mismo género.

Pues sí. Ayer, tras varios años debatiendo conmigo mismo si realmente me apetecía verla o no – había tenido épocas en las que pensaba que no debía perdérmela y otras en las que creía que en el fondo tampoco era para tanto – finalmente decidí sentarme frente a la pantalla de mi ordenador para visionar Akira (Katsuhiro Ōtomo, 1988), porque a día de hoy la película de Katsuhiro Ōtomo se ha convertido no sólo en uno de los mayores hitos del cine de animación sino también del séptimo arte en general, y se considera una cinta imprescindible tanto para los amantes de la ciencia ficción – que es precisamente uno de mis géneros favoritos – como de las distopías futuristas. Además, conviene recordar que éxitos del cine contemporáneo como Matrix (Lilly & Lana Wachowski, 1999), Inception (Christopher Nolan, 2010), Chronicle (Josh Trank, 2012), Looper (Rian Johnson, 2012) o Midnight Special (Jeff Nichols, 2016) no podrían entenderse sin su legado.

Ahora bien, ¿de qué va Akira? ¿Cuál es su trama principal? ¿De dónde proviene? Quizá son cuestiones un tanto difíciles de responder habiendo visto únicamente la película, pero para hacernos una idea podríamos decir que su historia está ambientada en Tokio 30 años después de una potente guerra nuclear, en una especie de régimen totalitario donde el gobierno se dedica a realizar experimentos militares con algunos de los estudiantes más rebeldes de la sociedad. Uno de ellos, Tetsuo Shima, descubre que después de que hayan experimentado con él está empezando a desarrollar un poder sin límites, que le hace más fuerte, y por ello decide ir en busca de Akira, un niño que al parecer permanece sepultado bajo el suelo del Estadio Olímpico de la ciudad y que, según algunos de los científicos militares, pudo ser el responsable del ya mencionado conflicto nuclear. Al final, todo terminará desembocando en una épica batalla entre él y su amigo Kaneda, que buscará por todos los medios la forma de detenerlo antes de que éste descubra hasta donde es capaz de llegar gracias a su nuevo poder.

De todos los films anteriormente mencionados, probablemente sea Chronicle el que resulta más deudor a nivel argumental del legado de Akira, pues en la película de Josh Trank – sí, ese prometedor cineasta cuya carrera acabó truncada de por vida tras el estrepitoso fracaso de los Cuatro Fantásticos (Fantastic Four) de 2015 – ya se nos presentaba a dos amigos de la infancia que en un momento dado adquirían poderes sobrenaturales, y puesto que uno de ellos siempre había tenido sentimientos encontrados hacia el otro, decidía utilizarlos para hacer el mal, lo que a la postre terminaba provocando que su mejor amigo se viera en la obligación de matarlo con tal de evitar males mayores.

Una idea similar podríamos encontrar en la primera temporada de la serie de televisión Stranger Things (Matt & Ross Duffer, 2016), en la que se nos presenta a un personaje – Eleven, interpretado por la joven Millie Bobby Brown – que si bien no desea hacer el mal, curiosamente también posee poderes sobrenaturales, los cuales son igualmente producto de una serie de experimentos realizados en un laboratorio del ejército, por lo que resulta posible afirmar que la influencia de la película sigue estando presente en las nuevas generaciones de creadores de contenido.

Sin embargo, el argumento previamente descrito parece ser tan sólo una parte de lo que uno entiende de ella tras su visionado, pues a decir verdad lo que intenta Akira es sintetizar un cómic manga de 2000 páginas escrito por el propio Ōtomo en un film de poco más de dos horas, dejando por lo tanto varias incógnitas sin responder tras su final para aquellos espectadores que previamente no habían leído la obra de su autor y, en consecuencia, desconocían el argumento de la misma. Y es que el holocausto nuclear, el futuro postapocalíptico, las distopías futuristas o los experimentos militares son temas de lo más recurrentes en manifestaciones artísticas como el cine, la televisión o incluso la literatura pero que quizá aquí no se encuentran lo suficientemente desarrollados, pues por poner un ejemplo la película se inicia con una explosión nuclear cuyo origen resulta totalmente desconocido. Tras el visionado podemos deducir que ésta fue causada por Akira, pero la gran incógnita que deja el film a libre interpretación del espectador es: ¿quién es exactamente Akira?

Y es por este motivo que debo reconocer que, pese a que el anime japonés es un género que no me desagrada en absoluto – en los últimos años he tenido el placer de disfrutar de otras grandes obras de culto pertenecientes al mismo género como Ghost in the Shell (Kōkaku Kidōtai, Mamoru Oshii, 1995) o Perfect Blue (Satoshi Kon, 1997) –, Akira fue una película que me resultó bastante más difícil de lo que preveía, puesto que se me hizo densa y de hecho, estuve en dos ocasiones a punto de abandonar el reto de verla entera ante lo caótico que me resultaba de entrada un argumento que parecía ir de un lado a otro de forma constante, pero justo entonces pensé en la enorme cantidad de seguidores de culto que la cinta posee incluso en España – y entre los que se encuentran algunos de mis antiguos compañeros de facultad – y decidí darle esa oportunidad que sabía que merecía para acabar terminándola con la misma sensación con la que terminé el último trabajo de Christopher Nolan: la de haber disfrutado con un largometraje que, en el fondo, no había sido capaz de comprender íntegramente.

Y es que dejando de lado su evidente complejidad, su ritmo por momentos trepidante y por otros irregular y el hecho de que debe haberse leído previamente la novela gráfica que adapta para entender la totalidad de su conjunto, la cinta de Ōtomo es una obra que ofrece grandes dosis de espectáculo – ni que decir tiene que en su momento fue la película de animación más cara de la historia – y, a su vez, es toda una experiencia cinematográfica que queda grabada en la retina del espectador tanto por su factura visual como por sus bellísimas secuencias de acción, y que pese a no responder todos los interrogantes que plantea, deja al público con buen sabor de boca y reflexionando acerca de aquello que acaba de presenciar. Porque no lo olvidemos, muchas veces la calidad cinematográfica no reside únicamente en si somos capaces de comprender o no aquello que está tratando de contar el realizador, sino también en su voluntad de dejar el relato abierto a la interpretación de cada uno.

Debido a ello, recomiendo plenamente el visionado del film a todo cinéfilo que se precie, puesto que se trata de una de esas obras irrepetibles dentro del séptimo arte que, más allá de su influencia en la ciencia ficción actual, despierta curiosidad y cierta fascinación hasta el punto en el que uno comprende que ha asistido a un auténtico acontecimiento, y que tanto si finalmente decide leer el manga original como si no, probablemente no será la única vez que se enfrente cara a cara con la obra de Ōtomo.

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